• Freddy J. Sánchez-Leal

Carlos López. Capítulo 11: El ascenso de Esteves.

Actualizado: jun 17

El duro programa de entrenamiento de Lorena. El robot de entrenamiento “Deep Blue”. El ascenso de Esteves. La transformación de Servicios Trujillo. Un puente, una lucha, una victoria, el inicio de unas nuevas hostilidades, tal vez mucho peores que las anteriores.


Photo byLEONARDO VAZQUEZfromPexels


—¡Charlie, apúrate, que no tengo todo el día!


Me grita Lorena de forma socarrona desde un lugar más alto en una curva de la carretera. Yo la veo desde más abajo, con los ojos llorosos y jadeando a más no poder, mientras trato de mantener la cadencia del pedaleo. Estamos transitando por la Curva Azul, a unos 500 metros sobre el nivel del mar, en la carretera Coro-Churuguara vieja, a unos 30 km de la capital del estado Falcón, pedaleando a través de curvas y más curvas, ascendiendo y sintiendo cómo cambia el clima de desierto a uno de fresca montaña. En cada curva podemos ver la llanura de Coro, el espejo aguamarina del embalse “El Isiro” y, como el día está muy despejado, un poco del istmo de Los Médanos. Vaya que es hermosa esta tierra; es un paraíso. Pero, ¿qué hacemos aquí un domingo a las 8 a.m. en vez de estar cómodamente durmiendo en nuestras camas? Ya les cuento. Lorena tomó la decisión de hacer un triatlón. Desde que estamos juntos ha comenzado a retomar el control sobre su vida, a vencer sus propios miedos, a volver a arriesgarse. Así que, se le ocurre un reto, hace un plan y comienza a ejecutarlo. ¿Y adivinen quién la acompaña? Sí, su servidor de ustedes. Estoy feliz de poder apoyarla, de estar con ella, de disfrutar la vida al lado de esta gran mujer a la que no dejo un solo día de admirar.


—¡Uno, dos, uno dos, uno dos…! Ya casi llego…


Lorena es muy metódica. Ya ella practicaba el ciclismo de más jovencita, pero ahora se preparó todo un plan anual de entrenamiento. Viajamos a Bogotá, Colombia, a una tienda llamada “Strongman”, donde dicen que el venezolano José Rujano compró una bicicleta de emergencia para correr la última etapa de La Vuelta a Colombia, ganarla y convertirse en uno de los pocos extranjeros que han logrado ganar tan prestigiosa competencia. En la etapa anterior había sufrido una caída y se le había roto el cuadro. Como es muy bajito, es difícil conseguir la talla de su bici, pero, para su suerte y de todos los aficionados del ciclismo, allí la tenían. En la tienda, luego de que los encargados nos tomaran detalladamente las medidas corporales e hicieran algunos ajustes, nos compramos dos bicicletas de carrera de la marca Pinarello. Lorena pidió por Amazon los libros “The Triathlete’s Training Bible”, por el renombrado entrenador Joe Friel, y “Training and Racing with a Power Meter”, por el no menos famoso entrenador Hunter Allen. Además, pidió un par de potenciómetros, un plato SRAM Quarq road, para ella, y para mí, dispositivos Garmin Vector, para instalar en los pedales. Para el plan de alimentación, pidió el afamado libro "Nancy Clark’s Sports Nutrition Guidebook". La ejecución del plan requería que todas las madrugadas saliéramos a entrenar, así que muy temprano pasaba por ella en bici (o para correr), para rodar las horas y kilómetros de cada día, antes de salir para nuestros respectivos trabajos. Los fines de semana eran los llamados “largos”, en los que podíamos hacer entre 80 y 120 km por salida. Ella tomaba la información de los potenciómetros, y las medidas semanales de nuestro peso y medidas, para hacer ajustes del plan y ver las mejoras. Con frecuencia nos inscribíamos en carreras de ciclismo para motivarnos y romper las metas de medición de potencia; ella quería que nuestras curvas de potencia tuvieran la forma adecuada para estar listos para la competición (aunque yo no era el que iba a competir).


Así que hoy domingo era día de montaña y estábamos haciendo un recorrido desde Coro hasta Curimagua y regreso (unos 90 kilómetros en total). Dejamos su Jeep en la Frutería de Frank, en el pueblo de Caujarao. Frank es un exitoso comerciante local y entusiasta del ciclismo. Este amigo nos tenía preparada la ración de fruta para la subida. Lorena subía como si fuera una pluma. Yo, por mi parte, estaba pasando mucho trabajo pues soy mejor en los recorridos planos y “sprints”. Llegamos a la tiendita en La Tabla, un conocido crucero de caminos. Allí nos paramos a refrescarnos, reponer agua de los bidones, pasar al sanitario y tomar fuerzas para la última escalada hasta Las Antenas de Curimagua. Mientras comentábamos el recorrido, Lorena me mostraba en su computadora los registros parciales de medición de potencia. ¡Mi novia es una máquina! Tuvimos la grata coincidencia de ver y saludar a Ezequiel “El Aguacatero” Ortiz, manejando su inconfundible escarabajo azul, y guiando a una fila de jovencitos ciclistas, enfundados en sus uniformes de “BiciCoro”, y pedaleando jadeantes sus coloridas bicicletas. Ezequiel es una gloria deportiva del ciclismo del estado, y tiene toda una vida entregada a este maravilloso deporte.


La escalada fue muy dura, no solo por la fuerte pendiente, sino porque había mucho viento cruzado. Apenas divisamos el letrero de desviación a Las Antenas, un lugar en lo más alto de un tupido bosque de vegetación montañosa, en el punto más alto del Parque Nacional Cerro Galicia, a 1,600 m.s.n.m., Lorena apuró el paso y en perseguirla me quemé un par de cartuchos de los pocos que me quedaban. Mientras subes a Las Antenas, el pavimento cambia de asfalto a cemento, y con cada vuelta del caracol de la escalada final, el camino se va haciendo más angosto y el pavimento se vuelve húmedo y resbaladizo. Coronamos con un gran grito de felicidad. Nos abrazamos y nos besamos. Misión cumplida. Lorena luego se sentó en una gran piedra a contemplar el paisaje de belleza sin par, y a recuperar el aliento. Contemplar Las Antenas y el paso de las nubes hace que nos quedemos hipnotizados. Luego, Lorena hizo algo que no había hecho antes: agradecerme, mirándome a los ojos, todo el apoyo que le había dado para hacer este duro plan de entrenamiento. La bajada es muy rápida y técnica. Hay que tener cuidado no solo de las curvas y la velocidad, sino también de los baches; las Pinarello sacaron su casta y sus cuadros de carbono y componentes de titanio absorbieron los desniveles de la superficie, haciendo el recorrido mucho más cómodo. Los últimos 20 kilómetros antes de llegar a la Frutería de Frank son prácticamente planos, solo que la temperatura sube mucho, por la hora del día, y parece que estuvieras atravesando un puente sobre lava. Ese golpe de calor es un plus para el entrenamiento. Logramos volver sin problemas a Paraguaná, con apenas la energía suficiente para limpiar las bicis, darnos un baño y caer redondos en la cama hasta el otro día.


El lunes de oficina comenzó con una comunicación interna en mi correo solicitándome visto bueno para el contrato de Servicios Trujillo en una de las obras a cargo de nuestra supervisión dentro de la refinería. Todo iba bien hasta que leí que, en vez de ser un contrato de servicio de laboratorio, Servicios Trujillo se postulaba para una construcción. Me pareció extraño, así que hice algunas llamadas para enterarme de la situación de esta empresa, de la que tenía varios meses sin saber, desde que terminó—en buenos términos y a satisfacción—aquel contrato de servicios del que me ocupé a comienzos de mi trabajo con B&S. Resulta de que el Sr. Trujillo, dueño y fundador de la empresa, había muerto de un infarto. Nadie lo esperaba. Él tuvo dos hijas, solamente. Una de ellas estaba casada con un médico, mientras que la otra estaba casada con un comerciante ambicioso, y que decidió tomar las riendas de la empresa para sacarla adelante. Una vez a cargo de la empresa, una de sus primeras medidas fue recontratar a Esteves (imagínense). Rehizo el plan de negocios de la empresa de manera de incorporar los servicios de construcción como uno de sus pilares. Consiguió inversionistas (me dicen que los fondos son de dudosa procedencia). Contrató nuevo personal especializado, compró vehículos, maquinaria y equipos de última generación para el laboratorio. Se mudaron a unas instalaciones industriales sobre la Av. Alí Primera, que acondicionaron para albergar toda la compañía con su nueva estructura. El yerno del Sr. Trujillo puso a Esteves a cargo de la dirección técnica de la empresa, y contrató a un Gerente general experimentado para que dirigiera la empresa. Modernizaron la imagen empresarial, implementaron un agresivo plan de márketing, que incluyó aspectos como las redes sociales, pratrocinio de eventos científico-tecnológicos relacionados con la construcción, e intensificación de relaciones con funcionarios gubernamentales, con la finalidad de conseguir contratos de construcción. La compañía tuvo un rápido ascenso en la industria.


Conocido esto, hice una consulta con el departamento legal de B&S. Obviamente, para mi propio gusto, jamás daría el visto bueno para la contratación de una compañía en la que Esteves estuviera involucrado, pero, no si no tenía un argumento técnico o legal para impedir esta contratación, no había nada que pudiera hacer desde mi posición. El departamento legal, y el propio Guerrero, me confirmaron mi temida sospecha de que nada podía hacer para impedir la contratación, si la empresa cumplía con todos los requisitos técnicos y legales solicitados. Sí, no tenía otra que darle el visto bueno desde mi departamento, y esperar que no ganara el concurso al final. Pero, mi deseo no se hizo realidad. Así que aquí estábamos de vuelta a cargo de una supervisión de Servicios Trujillo en una obra de la refinería.


Para el comienzo de la obra “Construcción de un puente de concreto armado de L=35 m, con sus tramos de acceso, en la progresiva 5+020 de la ruta RP01”, cité en la sala de juntas de B&S al ingeniero residente, Emeregildo Suárez, de Servicios Trujillo, con la finalidad de revisar el comienzo de la obra y las estrategias del cumplimiento del plan de trabajo. Lo mismo haría luego por separado con el colega a cargo de los servicios de laboratorio de la misma obra. Emeregildo es un tipo en la mitad de sus treintas, alto, blanco, de amplia y nerviosa sonrisa, con el cabello abundante y ensortijado. Me gustan las reuniones de 30 minutos, máximo, y esta fue una de esas. Revisamos rápidamente cada uno de los conceptos del contrato, la forma en los que íbamos a medir la cantidad de obra para el pago, los lapsos para introducir las estimaciones, y el proceso del pago. Revisamos su plan de calidad, el programa de obra, y los lineamientos de higiene y seguridad industrial. Todo iba muy bien hasta que ya para despedir la reunión me invitó a comer. Lo puse en su sitio, con cortesía, pero, en su sitio. Se le borró la sonrisa. Tal vez no se lo esperaba.


En la reunión semanal con Guerrero, le mencioné este incidente con Servicios Trujillo. Guerrero mandó al departamento de licitaciones por el expediente del contrato de Servicios Trujillo. Revisándolo, nos dimos cuenta de que su oferta fue casi la más baja de todas las recibidas en el concurso. Había precios que, según la experiencia de Guerrero, o estaban en la raya, o bastante por debajo de lo cumplible. Esto nos disparó una alerta porque, a veces las empresas juegan así para poder ganar el contrato y luego tratan de ver cómo obtienen la ganancia, ya sea por una pobre ejecución, empleo de materiales de baja calidad, “ablandar” al supervisor, o una combinación de las anteriores.


Guerrero me ordenó que tomara unas dos o tres sesiones de capacitación en el "Deep Blue", un servicio de capacitación de personal que recientemente contrató B&S en sus oficinas centrales, y que está disponible de manera remota en nuestras oficinas de Paraguaná. Entre las muchas cosas que puede hacer Deep Blue (sí, aquella computadora que venció a Gary Kasparov en 1997, entonces campeón mundial de ajedrez) es utilizar ambientes de realidad virtual para entrenar a gerentes, supervisores, abogados, técnicos, en situaciones que comúnmente se podrían dar en el trabajo en la vida real. El empleado solo tiene que sentarse en una silla muy cómoda en el cuarto de entrenamiento, ponerse los lentes de realidad virtual y, cuando se sienta listo para empezar, verbalizar el comando de inicio. En la orden de solicitud que firmó Guerrero para el servicio de el Deep Blue para mí, requirió el nivel más alto para supervisores que contempla “sparrings” de elevada dificultad, que incluye lidiar con intrincados esquemas de corrupción y procedimientos cargados de vicios en obra civil. Me cuenta Guerrero que el objetivo a mediano plazo de B&S es sustituir a supervisores por robots supervisores, que no sean susceptibles a corromperse, a los que no les puedan falsificar la firma, que no tengan rabo de paja, que no tengan familia a la que los contratistas puedan amenazar, que no pidan vacaciones, ni aumentos de sueldo, ni tengan cambios de humor, ni se enfermen, y tengan en su cerebro positrónico varios terabytes con normas actualizadas y múltiples situaciones de obra, con sus alternativas de solución. Pero, mientras eso ocurre, el "Deep Blue" es un muy buen paso intermedio. Guerreo se opone a que los robots sustituyan a los ingenieros, pero dice que así él no lo quiera, es algo inevitable, así que lo mejor es estar preparados.


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Se me ocurrió escribirle a Juan, mi antiguo compañero laboratorista en Servicios Trujillo. Desde que terminamos aquel contrato con Servicios Trujillo en el que prácticamente tuve que intervenir, después de la caída de Esteves, para que saliera a flote, no había vuelto a comunicarme con él. Juan estaba muy bien. Lo sentí muy animado. Los cambios en el laboratorio habían sido muy positivos. Los nuevos equipos de ensayos, y la capacitación que vino detrás de ellos, lo estimularon mucho. También le dieron nuevas responsabilidades, aunque con las misma paga. Con Juan siempre me la llevé muy bien. Me cautivaba su entrega al trabajo y esa tendencia muy interna de que los ensayos y los reportes fueran honestos y transparentes. “Lo que dio, eso es lo que se reporta”, me solía decir. Recuerdo el particular orgullo con el que hacía los ensayos, y con su profesión. Lo que más precia Juan son las capacitaciones. Guarda los certificados y los manuales con un celo tremendo. Me dice que tiene mucho trabajo porque Servicios Trujillo está haciendo mucha obra, y el laboratorio tiene servicio para control interno de la constructora, y también servicio para obras externas. Me dice que contratan nuevo personal y apenas se dan abasto para capacitarlos en las formas y maneras particulares del laboratorio. También reciben muchas visitas a la semana, porque parte de las relaciones empresariales de Servicios Trujillo, es invitar a delegaciones a conocer sus nuevas instalaciones y, por supuesto, a la vedette que es el laboratorio y sus equipos de última generación. Juan es de los empleados que hacen todo, limpian, instalan un campamento, conversan técnicamente con un cliente, y administran bien los recursos. Sin dudas es un gran valor. Juan me dice: “Cuídate, Carlos, aquí Esteves no te tiene nada de cariño”.


La obra de construcción del puente con Servicios Trujillo empezó y no tardaron en ocurrir los roces con Emeregildo Suárez. Tal como lo esperámbamos, me querían meter goles. Mandé a revisar detalladamente la calidad del acero de refuerzo, el de las barras principales y el de los zunchos. Con el concreto, devolvimos varios camiones por temas de asentamiento. Con las distancias de acarreo, las medíamos y verificábamos con mucha precisión. Con cada impasse, el ambiente de la obra se iba caldeando. El laboratorio de servicios de calidad no me tenía satisfecho, y antes de que terminara el primer mes, y luego de un par de advertencias, lo mandé a cambiar; es decir, les rescindí su contrato y traje a uno nuevo de emergencia. Eso fue la gota que derramó el vaso de Emeregildo (sí, con ese nombre, ya decirle Suárez no tiene ningún sentido). Se desesperó demasiado y se desequilibró. Trataron de pasarme por encima al buscar reuniones con Guerrero, mi jefe inmediato, pero se estrellaban contra el muro de la impasibilidad del experimentado mexicano. El respaldo hacia mi labor era total. El asunto es que con el nuevo laboratorio, fueron apareciendo inconformidades de calidad con mucha más frecuencia. Servicios Trujillo trajo a su propio laboratorio de control interno para defenderse, pero, en las mediciones en conjunto, y tras el análisis estadístico de los resultados, las conclusiones eran las mismas. También es que yo me puse muy estricto con las mediciones de cantidad de obra. La obra civil es muy variable y uno siempre tiene lo que llaman “un libro negro” en el que anota los excesos y las precariedades para poder equilibrarlas. Guerrero dice que la idea no es presionar y golpear al contratista porque al final, eso perjudicaría a la propia obra. Al contratista hay que dejarlo ganar su utilidad razonable, siempre y cuando esto no incumpla las normas, las tolerancias de cantidad de obra y resultados que aparecen en los conceptos, ni en las especificaciones particulares. Es un delicado equilibrio del cual el Supervisor, como director de una orquesta, debe saber llevar. Uno dicen que los robots jamás podrán llevar ese equilibrio. Otros dicen que precisamente los robots contarán con más herramientas de análisis y bancos de información para llevar este equilibrio de una manera más precisa.


Bajo la estricta dirección de Guerrero, fuimos cerrando todos los espacios de Emeregildo para obtener ganancias más allá de lo razonable. Si su idea era corregir en obra el error (voluntario o involuntario) del concurso, se había estrellado. Al final terminamos la obra y, lo puedo asegurar, quedó con la calidad requerida por el proyecto y sus especificaciones. Allí estaba el puente, construido en tiempo, y listo para abrirse al servicio y a mejorar notablemente el tránsito en esa zona de la refinería. Las cantidades de obra sufrieron aumentos y disminuciones en varios conceptos, que fueron debidamente medidos y justificados. Emeregildo luchó por mejorar la utilidad, si es que tuvo alguna, eso se lo concedo. Pero, no lo logró. Ya al final me pidieron una reunión a la que vino Esteves. Los metí en la misma sala de juntas en la que se había calentado Esteves y hubo que sacarlo con el personal de seguridad. Yo, por si acaso, dejé aviso para que estuvieran cerca por si se repetía el incidente.


Esteves entró dando los buenos días y con una media sonrisa. No me quitaba los ojos de encima. Su estilo había cambiado conmigo. Ya no era directo, ni mucho menos insolente, sino que usaba la ironía, las medias frases, el albur. Yo simplemente lo estudiaba y me limitaba a seguirle el juego. Todos los reclamos que me hicieron se los refuté. Fue un llover sobre mojado. La obra había acabado y lo medido era lo que se iba a pagar. Esteves estaba enojado, pero no enojado como antes, que echaba humo, que insultaba, era un enojado más complejo, más elaborado, tal vez más peligroso. Esteves estaba muy contrariado. Cuando vio que ya no se podía más, dijo: “Muy bien, ingeniero López, gracias por atendernos. Solo le digo, esto no se va a quedar así”. Me levanté de inmediato en señal de reclamo y le dije "¿me está amenazando?", pero él se levantó lentamente, sin quitarme los ojos de encima y me dijo: "no, tal vez me expresé mal", pero no corrigió la frase. Le hizo una seña a Emeregildo para que también se levantara. Dieron los buenos días, Esteves sin dejar de verme, y se retiraron, no sin antes Esteves apuntarme con su dedo.



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Mi corazón estaba que se me salía del pecho. Mis horas de entrenamiento, mis sesiones con “Deep Blue”, y mis pasadas experiencias, no eran suficientes para lidiar con esta parte emocional del trabajo. ¿Qué vendría ahora? ¿Qué significaba “esto no se va a quedar así”?. Obviamente, reporté por escrito todo esto a Guerrero, pero igual, no me sentía tranquilo. Les confieso que estaba aterrado.


Autor: Freddy J. Sánchez-Leal, sanchez-leal@geotechtips.com

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