• Freddy J. Sánchez-Leal

Carlos López: Capítulo 3: Mr. Carlson.

Actualizado: jun 25

Thank God it's Friday. Reformas en el laboratorio. Lorena y las series hipóxicas. Complicidad. Inesperada reunión.

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Las áreas controladas por Mr. Carlson, el muy tejano inspector civil de otro de mis clientes, la transnacional F&R, son de mis favoritas. La mayor parte del trabajo con ellos consiste en la verificación de capas de relleno compactado en zonas alrededor de cimentaciones para equipos y contenedores dentro de la refinería. La conversación con Mr. Carlson, un hombre en sus sesentas, alto, blanco (rojo, yo diría más bien), y regordete, con una reluciente chapa con el estado de Texas en su cinturón, es siempre agradable, especialmente los viernes cuando me escribe en mi hoja de reporte de densidades las iniciales "T.G.I.F.", que significan en español "gracias a Dios es viernes", que lamentablemente no era el caso de hoy.

—"Hi, Charlie!", me saluda muy entusiasta. "¿Cómo está tu vida sexual?".

A menudo le digo a Mr. Carlson que me puede hablar tranquilamente en inglés, en un intento por evitar este tipo de comentarios que él cree jocosos y a los que yo nunca terminaré de acostumbrarme. Pero él prefiere practicar su español con acento de profesor trinitario.


Los obreros de estas áreas, al contrario de otras, me tienen respeto. No sé si es porque alguien les ha dicho que soy ingeniero, o porque le tienen un natural temor al densímetro nuclear que uso.

Después de tomar algunas densidades y reportar a Mr. Carlson los grados de compactación obtenidos, le comento que las humedades están unos 3 o 4 puntos más altas que el óptimo y que le recomendaba verificar eso.

—"I don't give a.…Charlie, mientras esto esté por encima del 95% del Proctor, no me interesa nada más".

—"Give me some room and watch your sausage!", le digo forzando un tono de broma para que por favor se aleje un poco del densímetro mientras tomo nuevas densidades. Me dice:

—"Don't mess with me, Charlie, ya no pienso tener más hijos. El problema es tuyo", y me regala una amplia sonrisa de bondadoso y pícaro abuelo gringo.

—"No tengo problema, Mr. Carlson, mientras tenga esto", le respondo señalando la chapita de plomo que porto detrás de mi carnet.

—"C'mon!, me grita con expresión de alarma. ¡Eso es un dosímetro, no una barrera protectora! Eso les dice a los médicos qué tan jodido quedaste después de una fuga radiactiva".

Se despide porque le avisan por radio que debe volver a su tráiler a atender una llamada urgente en su celular.

—"Email me today's results, please!", me grita pidiéndome que le envíe los resultados de las densidades de hoy, antes de perderse por la puerta de su tráiler.


Ya de vuelta en mi oficina me siento con mi jefe, el ingeniero Esteves, que es el rimbombante jefe del laboratorio de Servicios Trujillo, la compañía para la que trabajo, para explicarle lo sucedido con Guerrero. Le hago ver el problema en el que estamos metidos. Esteves es un tipo en sus cuarentas, metro ochenta de estatura, tez morena, de cabello ensortijado, ojos cafés oscuros y de una mirada penetrante. Se impacienta muy rápido y es de estado de ánimo variable. No es muy profundo en su conocimiento, pero es muy hábil en sus relaciones profesionales. Es muy ambicioso y siente que el laboratorio “le queda pequeño”. Su gran obstáculo es que el Sr. Trujillo, el dueño de la compañía, lo tiene frenado.



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Esteves me entrega un vetusto manual visualizado de ensayos que es la referencia que utilizamos en el laboratorio para realizar las pruebas de suelos, concreto y asfalto. Y yo, en cambio, le sugiero escribir nuestro propio manual de procedimientos a partir de las traducciones de la ASTM. Le hago ver la necesidad de mandar a traducir urgentemente las normas de todos los ensayos que hacemos, y que yo podría traducir mientras tanto las más necesarias, y hacer también charlas semanales con el grupo de laboratorio para explicarlas y reentrenarnos. Mi jefe accedió gustoso y me dio licencia para coordinar todo yo mismo.


Sin dudas que el encuentro con Guerrero me había convertido en un nuevo yo, o tal vez había despertado en mí un ingeniero que aún no conocía.

Me senté en mi escritorio—bueno, no es mío, lo comparto con otros laboratoristas en la compañía—para escribir la traducción rápida de los pasos para la toma de cilindros. No quería cometer los mismos errores en el vaciado de mañana, y mucho menos que me apareciera otra vez Guerrero como un fantasma.

Al terminar e imprimir un par de copias del procedimiento para el grupo y enviar en limpio los resultados de la prospección de hoy a Mr. Carlson, me percaté que había olvidado reencender mi celular. Dentro de refinería las normas son muy estrictas y no se permite su uso. Una combinación entre una fuga de gas en las áreas de operaciones y una llamada telefónica al celular podrían ser catastróficas. Lo primero que aparece en la pantalla del teléfono es un e-mail de la Sra. Adams:

—"Carlos, mi niño, el Sr. Guerrero te pide que por favor lo acompañes a una reunión en CRP mañana en la mañana. Por favor preséntate en su oficina a las 7:30 horas".

¡Esta gente es una cosa seria!, pensé. Yo no trabajo para ellos, bueno, al menos no directamente. Lo lógico es que le pidan a mi jefe formalmente que yo les haga esos trabajos. Pero yo ya era cómplice de esta irregularidad porque no había querido decirle nada a mi jefe al respecto.

Luego de responderle afirmativamente a la Sra. Adams le pedí a Jaime, el laboratorista al que le tengo más confianza, que por favor cubriera mi trabajo en un vaciado de concreto por la mañana, no sin antes repasar juntos el procedimiento ASTM. Él no se negó porque antes yo había hecho algo así por él.

Salí disparado de la oficina al club para mi clase de natación. Sin este entrenamiento al final del día, no podría aguantar las presiones de este trabajo. No sé si vengo a nadar por esto o por la sonrisa de muchos dientes blancos que me regala mi bella entrenadora todos los días. Lorena, así se llama, es una preciosa merideña, blanca, de mediana estatura, y de largo cabello castaño oscuro, con unos ojos negros con larguísimas pestañas que provoca perderse en ellos, y con unos gruesos labios que invitan a la locura. Está en sus cortos veintes y tiene un cuerpo atléticamente femenino y sin un gramo de grasa. No sé si es mi fanatismo por la actriz, pero yo diría que es la versión criolla de Anne Hathaway.

Luego de corregirme detalles con la técnica de mi brazada, me pregunta guiñándome un ojo y mostrándome su preciosa sonrisa:

—"¿Qué tal tu día, Charlie?".

¡Dios, adoro que esta mujer me diga «Charlie»! Es como si me embadurnaran de pies a cabeza con sirope de chocolate. Sin embargo, esa dulzura se pierde de inmediato cuando nos ordena a gritos, cual generala, las torturadoras series hipóxicas con cortísimos descansos, en las que damos entre 6 y 8 brazadas a todo tren sin sacar la cabeza del agua para respirar.


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Ya en mi tráiler, luego de un relajante baño de agua caliente y una frugal cena compuesta de un sándwich de pechuga de pavo y un batido proteico, me siento a hojear el libro que me entregó Guerrero «Handbook of geotechnical investigation and design tables», de Burt Look. En la sección de pilotes hay unas tablas para perfiles de suelo tipo. Según el estudio de suelos, el basamento del puente corresponde a un estrato de roca sana, y verifico con la tabla en el manual, tomando en cuenta el diámetro de los pilotes y su profundidad de desplante, que ciertamente los pilotes diseñados por el Departamento de Ingeniería están muy sobrados, pero ¡qué sé yo qué tomaron en cuenta estos proyectistas! Escribo un corto email a Guerrero explicándole mis hallazgos, y le adjunto una captura digital de la tabla del libro, a la que le marco las características que encontré. Ya el sueño me vencía, pero tenía que terminar la otra tarea que me dejaron. Esto fue más sencillo. Ya con la explicación a Jaime había podido identificar lo que había estado haciendo mal, y le pude resumir rápidamente en una tabla tanto mi procedimiento, como el procedimiento ASTM, que es el correcto. El plan de acción ya lo había comenzado a implementar con Jaime, y además le conté que ya Esteves—mi jefe—me había dado permiso para proceder con estas acciones. Lo que no me quedó claro fue el tema “estar introduciendo varianza a los resultados”, así que se lo pregunté directamente a Guerrero en la comunicación.

A esa hora ya no podía más y me quedé rendido sobre mi cama.



Autor: Freddy J. Sánchez-Leal, sanchez-leal@geotechtips.com




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